Casas Vacías: preguntas y cristales rotos

por M. A. Carmona del Barco

Aviso spoiler: esto no es una reseña; es una reflexión sobre la novela escrita después del encuentro con la autora, celebrado en el marco del Club de Lectura Viva y contiene claves del libro.

Ore, ore, ore…

Es imposible no repetir ese mantra, en el pensamiento, incluso meses después de leer la novela.

Ore, ore, ore…

Y duele tanto. A veces me pregunto si las novelas como Casas vacías (Sexto Piso, 2020) no hacen del mundo, en realidad, un lugar peor al convertir el dolor extremo y la miseria emocional en un espectáculo de delfines saltando por un aro. Me lo cuestiono, sí. Y me digo: no pasa nada por cuestionárselo. Y tengo que sujetarme para no empezar inmediatamente a perorar con el objeto de derribar ese pensamiento, como si su mera existencia fuera una amenaza para mí, como si pensarlo implicara no estar a altura.

¿Por qué aceptamos, prácticamente por consenso, el juego que Brenda Navarro nos plantea y agarramos de la mano a sus protagonistas, aunque algunos de sus actos nos repugnen y otros nos llenen de rabia, y las acompañamos hasta la última página? ¿Por qué nos cuestionamos nuestra capacidad para juzgarlas si sabemos que lo hacen está mal? ¿Puede eso ser bueno para el espíritu, para la conciencia, para el desarrollo de nuestra propia ética?

¿Es la belleza del relato, su condición literaria, suficiente motivo para derribar nuestras defensas y transformarlas, como por arte de magia, en prejuicios? ¿Es un juego? Y, si lo es ¿por qué jugamos a él? ¿Somos mejores o peores personas después de jugar? ¿O nada, no somos nada distinto después de hacerlo porque precisamente eso es lo que pasa cuando uno juega: que después no pasa nada?

Y cuando paro de interrogarme y releo mis preguntas, descubro ya algunos conceptos que me chirrían y que hablan de mí, de mis sesgos: el primero de ellos, ese de «miseria emocional». La miseria no es equiparable a la pobreza, como la pobreza no es equiparable a la humildad. Definir el mundo emocional de alguien como mísero implica ubicarse en un plano paralelo e inalcanzable desde la realidad de ese otro. Es rechazar la alteridad y abrazar ese sentimiento de mismidad que nos lleva a no reconocer al otro como otra posibilidad de uno mismo y, por lo tanto, a desgajarnos de su historia, de sus motivaciones, de sus raíces, de sus aspiraciones, de sus sueños, de sus heridas, de su propia realidad. 

¿Es una función de la buena literatura el promover la generación del sentimiento de alteridad en el lector? ¿Está la buena literatura construida para obligar al lector a reconocer al otro como otra posibilidad de sí mismo? Y, en caso de ser así, ¿es eso bueno?

Es curioso. Durante el encuentro que mantuvimos con la autora en el Club de Lectura Viva el pasado 25 de septiembre, Brenda nos habló de un caso, posterior a la escritura de su libro, con tantas analogías con la trama que muchas personas se lo hicieron llegar: una mujer, en el sur de México, había raptado al hijo de otra y, al cabo del tiempo, quedó con ella para devolvérselo. Si esto fuera una de esas noticias destinadas al clickbait, el titular sería algo así como: No creerás lo que una madre dijo a la secuestradora de su hijo cuando ésta se lo devolvió. Y lo que le dijo fue: 

—Gracias por cuidar de él.

¿Reconoció la madre biológica del niño secuestrado en la secuestradora a otra forma posible de sí misma, a otra madre? 

¿Fue la mamá de Lionel una mamá para Lionel? ¿Fue la mamá de Daniel una mamá para Daniel? ¿Fue Lionel un hijo para su mamá? ¿Fue Daniel un hijo para su mamá? ¿Y Nagore? ¿Sigue siendo Nagore la hija de Amara? ¿Sigue siendo Nagore una hija? ¿Sigue siendo Amara una madre? ¿Sigue siendo Xavi un padre? Porque, ¿qué importa lo que nosotros pensemos de ellos? ¿Acaso lo verdaderamente importante no es lo que ellos piensen de esos otros con los que comparten vida?

Y cuando uno llega a esa pregunta, igual que llega a una plaza engastada en el casco histórico de una ciudad, imposible de adivinar antes de doblar la esquina, se encuentra de bruces con el campanario, alto y firme, o chaparro y desmochado, de su propia identidad. ¿Somos nosotros padres y madres para nuestros hijos e hijas? ¿Somos hijos e hijas para nuestros padres y madres? ¿Somos, con todos nuestros defectos (¿con nuestra miseria emocional?) hijos y padres, hijas y madres? Y, ¿hasta dónde podemos llegar por serlo? ¿Y por no serlo?

Yo sabía que una novela como Casas Vacías, hecha de preguntas y cristales rotos, sólo puede provocar incertidumbres y cortes en las plantas de los pies. Pero son preguntas y cortes que comparten una característica: uno no corre a responder a las primeras como no corre a taponar la hemorragia de los segundos. Son como heridudas —acuño neologismo— que uno se hace en el alma para sangrar su soberbia y cuestionarse, tanto tiempo como perviva el recuerdo de la historia, la infinidad de otras formas de uno mismo con las que compartimos las páginas que nos han tocado vivir.

Casas vacías es la razón por la que yo leo y también la razón por la que yo escribo: para encontrar la pregunta adecuada que oriente mi caminar, no ya hacia la respuesta correcta, sino hacia la siguiente pregunta, incluso aunque eso suponga caminar sobre cristales rotos.

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